Se que no puedes resistirte cuando te
miro, que tus ojos se escabullen de mi porque saben que si me miran
de frente pierden toda la razón y los instintos salen a la luz. Si
querida, soy el pecado, las dos lo sabemos y por eso me divierte
tanto volverte loca. Que me busques y cuando me encuentres te vayas
corriendo esperando a que te persiga.
Todavía recuerdo cuando me oliste el
pelo por detrás de la oreja en ese portal. Cada vez que inspirabas
tu cabeza sufría espasmos de placer, tus ojos se volvían color
blanco y tus uñas se clavaban en mi piel. Pero yo se que tu querías
mas así que te dije “bésame”, y así lo hiciste, besando
lentamente mis cuello y absorbiendo la aroma de mi cuerpo, pero tus
deseos seguían sin satisfacerse, y eso lo notaba cuando me
acariciabas con los labios mientras que me agarrabas fuerte de la
cabeza. Aveces soltabas algún gruñido de placer, algo parecido a un
grito ahogado de desesperación, así que te dije “lámeme”.
Entonces te volviste loca lamiendo mi
piel, recorriendo hasta el pelo con un afán de poderla atravesar.
Aveces sus dientes rozaban mi impecable piel y de repente te
apartabas y muy poco a poco volvía a lamer incansablemente. Pero tus
ojos seguían blancos y tu cabeza todavía vibraba así que te dije
“chupame” y pe pusiste a absorber todo mi cuello, dejando un
rastro de saliva ardiente, repleta de deseo. Se que querías
separarte de mi, necesitabas hacerlo pero yo disfrutaba viéndote
sufrir de esa manera, adoraba ver como sudor fría recorrían tu
espalda y tu corazón iba a un ritmo cardíaco de infarto solo por
deseo.
No quise hacerte esperar más así que
te aparté lentamente de mí hasta poderte mirar a los ojos y
entonces dije una palabra que te hizo enloquecer, te izo cambiar
totalmente de personalidad y eso me izo sentir todavía mas poderosa
hacia ti.
“Muérdeme”, te susurré, y de
repente te abalanzaste sobre mi, haciendo que mi cabeza chocara
contra el suelo en un golpe seco. Me agarraste de las muñecas con
los ojos abiertos como dos lunas llenas y tan rápida como una
estrella fugaz te inclinaste sobre mi cuello y me hincaste el diente,
haciendo que toda tu dentadura se fijara en mi piel y haciendo gotear
pequeñas gotas de sangre entre las comisuras de tus labios.
No pude evitarlo, un grito de dolor y
placer invadieron la escena, mientras tu sumergida en un frenesí de
deseo e instinto te iban, poco a poco, saciando la sed de mí.
No hay comentarios:
Publicar un comentario